El Relato

Este relato comienza una mañana de Abril, de un día cualquiera. Al despertar, mi habitual rutina me recordaba, desde bien temprano, la importancia de mantener las expectativas bajas.

Como cada día, me había preparado para desayunar un bol de arroz con tōfu hervido. Y, para compensar tal intensidad de sabor, le solía acompañar un buen cuenco de té Maccha recién batido.
      Tenía por costumbre subir a la terraza con mi perrita Sira, para que jugara un poco antes del paseo. Aunque ella nunca estaba tan pendiente de la bola, como de la certera caída de granos de arroz desde lo alto del bol. Cuya causa era mi total ineptitud con los palillos.

Al terminar, bajamos a prepararnos para nuestro paseo matutino diario. Pero, cuando ya salíamos por la puerta, el cartero llamó.

Nada parecía distinto a las anteriores semanas: la típica correspondencia de siempre, y el incesante espíritu guerrero de Sira contra todos los trabajadores del servicio postal.
      Fuimos a jugar a la playa, a ella le encanta. Si alguien desea, alguna vez, sentir la libertad en su más puro estado, sólo tiene que contemplar cómo un perro juega en la arena.

Al regresar a casa, pude observar que dentro del buzón había una carta, a pesar de que justo acababa de venir el cartero. Aun así, esta era una carta diferente. Qué extraño, pensé. No tiene sello, ni destinatario, ni tampoco dirección. Sólo un nombre.. Setsuko.

A quien pueda recibirlo,

                Me llamo Setsuko y tengo 33 años. Antes de continuar, quisiera decir que no sé si alguien llegará jamás a leer esto. Pero, aun así, debo hacerlo.

Nací en Japón, en la ciudad de Hiroshima, y he vivido allí toda mi vida.

Y digo vivido, porque ya no vivo allí.. creo. Ahora no sé dónde vivo. De hecho, mientras escribo esta carta, ni siquiera sé si sigo aún viviendo..

Comenzaré por el principio. Soy escritora. Pese a que, últimamente, lo que soy se acerque más a ‘espíritu de escritora’ que a escritora de oficio.

Hace cinco años, escribí una novela que tuvo una gran acogida. Y me sentía muy feliz y realizada. Tenía muchos proyectos en mente, y un mundo de oportunidades se abría ante mí.

Pero, al cabo de un tiempo, llegó la cruda realidad. Debía embarcarme en un nuevo proyecto, y no sabía cuál. En ese momento, comencé a pensar y a pensar. Y a leer y a escribir, buscando mi inspiración. Pero esta no llegaba.

Intenté cualquier cosa.. Viajé por todo el país, visité templos y santuarios para presentar mis respetos a los ancestros, conocí a personas fascinantes, y pude descubrir historias y vivencias reales a través de las emociones de sus protagonistas. Y, aun así, nada.

 

Un día, mi amiga de la infancia Yumi, al ver que me sentía tan perdida, me dijo que por qué no intentaba doblar 1,000 Orizuru. Yo le pregunté que para qué iba a hacer tal cosa, que prefería tumbarme a observar las estrellas. Y, entonces, me contó la antigua leyenda que promete a cualquiera que doble mil Orizuru, que los espíritus le concederán un deseo. Un Orizuru por cada año que se dice que viven las grullas. Y, quizás, ese deseo podría ser la inspiración.

Le respondí que era una leyenda hermosa, pero no pude evitar reírme al imaginar que aquello fuera a servir de algo. Y, naturalmente, no volví a pensar en ello.

 

Pero, al cabo de un tiempo, mientras paseaba en busca de mi inspiración perdida, un niño se me acercó y me dijo.. ‘Toma, para ti’. Y me mostró un pequeño Orizuru que había hecho con el envoltorio de un pastelito.

Me hizo mucha gracia que decidiera dármelo a mí. Le di las gracias, y me lo guardé.

Al llegar a casa, lo coloqué encima de mi escritorio, y allí se quedó.

Un día, cuando limpiaba mi habitación, lo sostuve en la mano y lo observé, mientras recordaba las palabras de Yumi. Y, entonces, pensé.. ¿Por qué no? Ya lo has intentado todo. No vas a perder nada, quizás tiempo. Pero este te sobra, cuando la inspiración te falta.. Y, así, fue como decidí comenzar a doblar mil grullas en Origami.

 

La primera de ellas me llevó media hora terminarla. Y las siguientes, no distaron mucho de esas marcas.

Pensé que, a este ritmo, llegaría a completarlas cuando poco me importara ya contar algo al mundo..

Pero, entonces, recordé mis inicios como escritora. Hace ya tiempo aprendí, que en los primeros pasos del camino es donde más solemos tropezar. Pero, eso, es porque el propio camino coloca allí obstáculos para saber si somos dignos de caminar por él.

 

Finalmente, después de algunos meses, llegó el día en que me tocó doblar la grulla número 1,000. Había estado anticipando este día desde hacía semanas. Estaba muy emocionada de poder conseguirlo, incluso nerviosa. Me parecía absurdo sentirme así, pero, a la vez, era bonito. Me había propuesto algo y estaba a punto de lograrlo, aunque no fuera a servir para nada..

Quizás iría al mismo parque donde recibí el mío, y regalaría un Orizuru a cada niño. Para que, así, pudieran iniciar su propia cadena.

Doblé la última ala, y llegó el momento: debía pedir un deseo. Aunque no sabía si debía pensarlo, o decirlo en voz alta..

 

Esa noche, me fui a dormir muy feliz. Sabía que no había cambiado nada. Pero la sensación que me envolvía, era parecida a la que solía sentir al terminar un capítulo de mi novela. Aunque aquél fuera ya un recuerdo tan lejano..

Al día siguiente, me desperté y comencé a subir la persiana. Y, mientras la luz del Sol, poco a poco, iba iluminando la habitación, mi sorpresa fue ver que algo no se encontraba en su lugar de costumbre.

Siempre había dejado encima de mi escritorio el Orizuru que aquel encantador niño me regaló. Pero, ese día, al despertar, lo encontré en el borde de la ventana. Qué raro, pensé.. yo nunca lo coloco allí.

 

En fin, no tenía tiempo que perder. De nuevo, llegaba tarde a mi trabajo de media jornada. El cual había empezado hacía unos meses para poder seguir, durante las tardes, por mi camino literario.

Tenía apenas diez minutos para llegar a la estación de Inari-machi y coger la línea 2 del tranvía, si no quería llevarme otra justa reprimenda..

 

Adoro viajar en tranvía. Desde que era pequeña, siempre pedía a mis padres que olvidaran el coche, y fuéramos a todas partes montados en él.

Además, es un símbolo de la ciudad de Hiroshima. Una muestra del espíritu de determinación de su gente por seguir adelante. Tan sólo 3 días transcurrieron, desde que la ciudad fuera devastada, hasta que se volvió a restaurar el servicio de tranvía en sus primeros tramos.

 

Creo que mi amor por los tranvías, y por los trenes, se debe a la estrecha relación que forjé con mi padre durante la niñez. Desde bien pequeña, viajaba a menudo con él, acompañándole a todas sus exhibiciones. Mientras mis amigos aprovechaban vacaciones y días festivos para jugar o descansar, yo no quería hacer otra cosa que no fuera viajar con él.

Y recuerdo que, ya en aquella época, comencé a desarrollar mi interés por las historias humanas.

En esos breves instantes en los que el tranvía, o el tren, se detenía, yo observaba. Me quedaba absorta viendo la escena que se presentaba ante mí, e imaginaba qué podían pensar o decir las personas que en ella aparecían. Me fijaba en sus miradas, en sus expresiones faciales, en su atuendo, en su lenguaje corporal.

Y, con todo ello, creaba historias en mi mente.. y las escribía.

Siempre llevaba conmigo una pequeña libreta, donde anotaba lo que veía y lo que cada situación me evocaba. Algunas veces, era una pareja mirándose a los ojos, sin decir nada. Otras veces, era una anciana despidiéndose de su marido. Otras, un niño observando al guardia de la estación.

Y solía imaginar lo que estarían pensando, o diciendo. Incluso, a veces, imaginaba cómo podían haber sido sus vidas.

 

Al final, llegué a tiempo a la estación. Como de costumbre, estaba abarrotada de gente, algo habitual a esa hora. Todo el mundo se apresuraba por colocarse en primera fila, y así poder conseguir asiento. Yo me quedé atrás, esperando. Miré hacia un lado, y encontré a una señora mayor que también esperaba de pie, detrás de la multitud. Le pregunté: ‘¿No desea usted sentarse?’. Y, con una sonrisa, me respondió: ‘¿Sentarme? Pero si el día no ha hecho más que comenzar’.

 

Se abrieron las puertas del tranvía, y, poco a poco, la gente fue entrando. Yo dejé que la señora entrara primero. Ella me lo agradeció inclinando su cabeza, mientras mantenía aquella enigmática sonrisa que parecía saber algo que yo desconocía.

De repente, cuando me disponía a entrar, algo sucedió. Sentí como comenzaba a perder el control de mi cuerpo. Algo me impedía moverme, y no era capaz de abrir los ojos. Pensé que me había mareado y que, en cuestión de segundos, iba a caer al suelo desmayada. Pero, lo cierto es que no me sentía débil, ni mis piernas flaqueaban.

En realidad, era más consciente de mi presencia que antes. De hecho, más consciente que nunca.

 

Finalmente, esa sensación remitió, y pude volver a abrir los ojos. Pero lo que vi en ese momento sobrepasaba los límites de mi raciocinio.

Todo el mundo había desaparecido, incluso la señora que tenía justo delante de mí. El tranvía estaba vacío.

De hecho, había dejado de ser un tranvía. Ahora me encontraba dentro de un tren.

 

Durante un minuto, me quedé de pie inmóvil, sin ningún pensamiento. Sentía que podía moverme, pero no lo hice. Mi instinto más primario me pedía que observara, y que buscara algún elemento que me resultara familiar, para poder así recuperar la compostura.

Ese elemento debería haber sido el propio tren, pero no. Este tren era distinto. Era un tren como ningún otro en el que hubiera estado antes.

Su aspecto era clásico, antiguo, como de otra era. Se encontraba recubierto de listones de madera. Pero yo nunca había visto una madera similar a esa. Parecía muy antigua, casi milenaria. Sus vetas eran profundas, y su color, intenso pero apagado. Me recordaba a lo que ocurre con el hielo azul en la Antártida.

 

Junto a cada bloque de asientos, había una ventana. Y, justo debajo de ella, se encontraba un cartel luminoso que anunciaba la próxima estación. Pero, los nombres que allí vi no se parecían a los de ninguna estación que hubiera visitado antes. Aunque sí pude reconocer el emblema de la prefectura de Hiroshima.

En ese momento, sonó una melodía, y una voz grave comenzó a transmitir por megafonía:

‘Bienvenidos al Tren Yamato. En breves instantes, dará inicio nuestro viaje. Tomen asiento, por favor.’

 

Ya han pasado unos días desde que subí al Tren Yamato, aunque no sabría decir cuántos con exactitud. La percepción del tiempo, aquí, parece distinta. Aunque eso no es lo único que resulta distinto.. Todo lo que aquí sucede, escapa de cualquier lógica o sentido común.

Al inicio del viaje, circulábamos a ras de suelo, sobre la vía férrea. Pero, llegados a un punto, comenzamos a elevarnos por encima de ella. Lo cual me dejó sin habla.

La velocidad del tren suele ser constante. Pero, en algunas ocasiones, alcanza velocidades tremendamente rápidas. Y, sin embargo, en otras, parece que vayamos flotando, cual ave que cruza las nubes.

También pude ver por la ventana que, aunque solemos estar a la distancia habitual de personas, animales y objetos, hay veces en las que nos encontramos sorprendentemente cerca de ellos. Y, lo más curioso, es que parecen no vernos.

 

Pero lo que, de verdad, no logro entender en absoluto, por más que lo intente, es que yo diría que estamos viajando a otras eras, a otros periodos de la historia de Japón.

Las escenas, edificios, prendas de vestir y comportamientos que aquí estoy viendo sólo las conocía por los libros de texto y los dramas de época Jidaigeki.

No sé qué pensar. O se trata de un set de rodaje muy grande, o realmente estamos viajando por el.. No, no puede ser.

 

Hasta el momento, he visitado una estación llamada ‘Espíritu en Hiroshima’. Nada más detenerse el tren, sentí una profunda conexión con lo que estaba presenciando. Y, al momento, agarré mi libreta y comencé a escribir.

Junto a esta carta, encontrarás una página arrancada de mi libreta, con una nota. Lo que en ella hay escrito, es lo que, en ese momento, sentí.

 

Al cabo de un tiempo, la voz grave volvió a sonar por megafonía, anunciando cuál sería la próxima estación. Esta vez, su nombre era ‘Amor en Hiroshima’. Y, al momento, el cartel luminoso cambió de color, mientras aparecía el texto de la nueva estación.

Ha habido algo más que debería haberme sorprendido. Pero, a estas alturas, creo que será complicado volver a quedarme sin habla. Aun así, resulta difícil de asimilar. Las cortinas de tela, colocadas a cada lado de las ventanas, también cambian ligeramente de color con cada estación. Como si siguieran un patrón..

 

Si has llegado hasta este punto de la carta, quizá pienses que todo lo leído hasta ahora se trate de una broma. Es normal, yo también lo pensaría. Y, por eso, no puedo pedir que pienses de otro modo.

Pero lo que aquí estoy viviendo, desde que atravesé aquellas inofensivas puertas, me ha hecho descubrir algo. La realidad que había vivido hasta ahora, la que mi mente se ha esforzado por crear día tras día, me estaba llevando a ser complaciente con mi propia existencia.

Nunca me he planteado cómo vivir cada día, simplemente lo he vivido. Algunas veces, he desperdiciado momentos, consciente de que, al tener toda la vida por delante, ya se volverían a repetir.

 

Pero, dentro de este tren, he comenzado a pensar en el aquí y en el ahora. A intentar atesorarlos. Al fin y al cabo, el tren sólo se detiene unos instantes en cada estación.

Por ello, mientras este viaje continúe, seguiré escribiendo. No sé adónde me llevará todo esto, pero siento que debo compartirlo con alguien.. seas quien seas.

Como podréis imaginar, cuando terminé de leer la carta, no podía dar crédito a todo lo que allí había escrito. Me quedé perplejo, me pareció una historia asombrosa. Pero, por supuesto, no creí, ni un instante, que fuera cierta.
Aun así, no la tiré. La guardé en un cajón y no volví a pensar en ella.
      Mi sorpresa fue a los dos meses, cuando abriendo el buzón, volví a encontrar otra carta igual. Esta, tenía la misma apariencia que la anterior: sin sello, ni destinatario, ni dirección.. sólo Setsuko. En ella, me contaba lo que había podido sentir al visitar la estación de ‘Amor en Hiroshima’.

De nuevo, no le di mayor importancia, una simple curiosidad. Al parecer, alguien continuaba adelante con su broma.
      Pero, a los dos meses, recibí la tercera: ‘Pérdida en Hiroshima’. En ese momento, recuerdo que empecé a asustarme. Quizá, sin ser consciente, comenzaba a creer que todo esto podía ser algo más que una broma.

¿Y si era real? ¿Y si alguien de verdad había entrado en ese supuesto Tren Yamato, y estaba viajando por el Japón de antaño?
Al cabo de dos meses, era yo quien esperaba la carta. Y así fue.. pues, entonces, recibí ‘Naturaleza en Hiroshima’. La emoción comenzaba a regir cada uno de mis pensamientos. Pasaba los días leyendo y releyendo las cartas, junto a cada una de las notas que Setsuko me había enviado.

Finalmente, recibí ‘Infancia en Hiroshima’.
      Han pasado ya once meses desde que llegó su primera carta. Y, hace unas semanas, recibí una nueva con la primera estación de la prefectura de Miyazaki. Fue, en ese momento, cuando recordé sus palabras:

Antes de continuar, quisiera decir que no sé si alguien llegará jamás a leer esto. Pero, aun así, debo hacerlo.

Y, entonces, supe que ahora era yo quien debía hacer algo.

Bienvenidos a El Relato de Setsuko.